domingo 6 de septiembre de 2009

Sweet disposition

Cada mañana de sábado durante los últimos doce años caminé al mercadito de la esquina, conocido como "La Barda", para encontrarme con el señor de las nieves y comprar un vasito chico con nieve de queso. No sé cómo un día decidí probar ese sabor, pero es tan delicioso que me volví fanática, y sin importar cuántos tambos de diferentes sabores preparara el señor, siempre pedía la misma. La asiduidad de esta rutina me llevaba al grado de sentir ansiedad cuando de pronto una semana no se presentaba el señor (casi siempre en la temporada decembrina). ¡Debe usted darme su receta por si acaso!- le decía yo, cuando él reaparecía la semana siguiente. ¡No debemos dejar que se pierda ese legado!- bromeaba yo.

Fue pasando el tiempo, pero de una forma poco perceptible (solamente a través de las patillas del señor, cada vez más canosas). Pasados unos años empezó a llevar a su hijo, que también se llama Alejandro (le pregunté su nombre porque ¡eso de conocer a alguien por más de un año y no poder saludarlo por nombre me resulta vergonzozo!). Y las nieves, durante todo ese periodo mantuvieron su sabor y calidad, al mismo irrisorio precio de cinco pesos.

Hay más opciones de nieve en la colonia. Está el señor del tope, que se pone entre semana y al que no me resulta vergonzozo no conocer de nombre porque cobra las nieves carísimas, al triple de lo que cobra Alejandro. Y además esa nieve de queso deja mucho que desear. Están también los puestos más formales como el de La Michoacana, pero su especialidad son las paletas, no las nieves a la antigüita en los recipientes metálicos, rodeadas de hielo y sostenidas por "barriles" de madera amarillos en un carrito pesado donde sólo caben, máximo, 5 sabores. El tema es que ninguna opción tiene ese sabor de queso y, curiosamente, ninguna ha mantenido su precio todo este tiempo a pesar de la inflación.

Me resultaba incomprensible hasta que, después de más de seis meses de vivir en el extranjero, visité México de nuevo. Llegó el sábado y no pude evitar ir por mi nieve. Llevaba una moneda de diez pesos, confiada en que podría pagarme dos vasitos azules con el preciado relleno quesoso. Saludé a Alejandro Jr. alegremente y le pregunté por su papá. Sonrió y mientras me contaba que todo iba bien, me preparó mi vasito de nieve de queso, como cada sábado, como si no hubiera pasado el tiempo más que en el tamaño de sus huesos (es todavía un niño, su cara lo delata). Le pedí una nieve más y en un par de segundos ya me tenía listo mi pedido. Le sonreí, le di la moneda de a diez y estaba a punto de irme cuando por vez primera me dio el arranque de decirle algo sobre el precio (la forma en que resultaba una desventaja para su rentabilidad, lo insostenible que a lo largo de doce largos años resulta ese precio). ¡Ya deberías cobrarlas a diez pesos cada una!-le dije. ¡Pero desde hace años cuestan ocho pesos!,- me contestó - sólo que a ti te las cobramos a cinco.

Le sonreí de nuevo y le di las gracias, por regalarme en todo este tiempo al menos doscientos pesos de su trabajo, sin jamás confesarme su acto de galantería y, sobre todo, por consentir mi capricho por ese dulce sabor a queso con vainilla y trocitos de queso de verdad.

lunes 17 de agosto de 2009

Like no one's watching you

Pleno año 2008 en una plazuela cerca del Circuito Interior a la altura del aeropuerto (it is as specific as I can be) y veo un Danesa 33, la cadena de helados donde mis papás solían comprarme barquillos con una bola de helado de fresa o vainilla con chispas de chocolate. Recuerdo que había una sucursal donde después pusieron la llantera al lado del Tec CEM (del lado de Villas de la Hacienda).

Con ojos de incredulidad me acerqué a ver qué vendían y descubrí, para mi decepción, que manejaban la línea Nestlé y que de Danesa 33 sólo les quedaba el logo.

Pero así debía ser ¿no es cierto? Porque si hubiera sido la original, muy probablemente me hubiera decepcionado el sabor o el tamaño hubiera sido menor al que recordaba, en parte por la tendencia de la industria a reducir calidad y costos con el paso de los años, y en parte (mayor) porque las memorias que preservamos intactas y ligadas a una emoción son las más imprecisas.

Kundera se pregunta si se puede culpar a la memoria cuando la pobre, en porcentaje de lo vivido, logra recordar sólo instantes minúsculos y estáticos. Hice la prueba de revivir una de las escenas más hermosas de mi vida y no pude agregarle movimiento. Tampoco creo que sea culpa de la memoria.

Siendo "émigré", y siendo humana, sé lo mucho que se puede llegar a desear preservar algo para siempre y lo inútil que resulta. Es peligrosamente la definición del "hoarding character" que describe Fromm. La solución mejor es vivir al máximo el instante, dejándolo escapar, intacto, mientras el corazón queda tocado para siempre.

miércoles 8 de julio de 2009

I'm a lucky man with fire in my hands

Happiness, more or less...

Los estados emocionales casi nunca son absolutos porque, gracias a Dios, son efímeros. Tu cabeza y alma pasan de uno a otro en un instante imperceptible. Por ejemplo, la noche anterior al día más feliz de mi vida (el de mi boda con el amor de mi vida), lloraba de miedo, temiendo que algo saliera mal al día siguiente (¡superficialidad!). Y el día anterior a mi decisión de aplicar a la maestría me sentía más frustrada, confundida y detenida que nunca. Menos de 24 horas después me sentí casi omnipotente durante varias horas.

Por eso es que con cada día que pasa más me convenzo que la felicidad es una cualidad interior (tener la habilidad de ser feliz) que requiere ser desarrollada; los días perfectos se definen por las cosas que uno elige mirar a su alrededor y en su interior y no por lo que realmente ocurre. ¡Algo difícil de recordar en medio del dolor y la tragedia, pero que no por eso deja de ser cierto!

Lo complicado es que desarrollar esa cualidad, particularmente en las personalidades excesivamente auto-críticas, requiere de una dramática lucha interior, cada segundo, y de fe en el bien (o en Dios o en el universo o en el destino). Porque en el instante en que dudas que todo ocurre por una razón de bien, el peso del mundo se viene encima de ti y te sientes absurdamente pequeño, impotente e infeliz (y peor aún le transmites esas sensaciones a las personas a tu alrededor). Y encima, por ley de atracción, sólo percibes más señales que te confirman esa forma de pensar. ¡Pero bendito que gracias a Newton dsecubrimos un viceversa!

Como paréntesis, recordé un libro que leí que dice que siempre hay personas que van a estar en mejor situación que nosotros, y personas que estarán en peores circunstancias. Su premisa básica es que siempre debes mirar a aquellos menos afortunados para recordar lo valioso que tienes. ¡Ja! Es el primer libro que encuentro que dice que hay que mirar al lado negativo. Pero creo que tiene un buen conocimiento de la naturaleza humana, envidiosilla - o que busca inspiración en otra parte-, que añora lo que tiene el más afortunado.

Prosiguiendo, la habilidad para ser feliz está íntimamente relacionada con la auto-confianza, pero de una forma atípica. No es que por tener auto-confianza seas más feliz a un nivel profundo de auto-realización, pero sí es más probable que estés más contento. Pero si logras desarrollar ambas pudes llegar a un nivel de profundidad que alarga los periodos de felicidad plena por más horas.

La pregunta que me queda es cuánto es lo más que se puede prolongar lo efímero, si puede volverse un "para siempre" empezando con un "sólo por hoy".

viernes 1 de mayo de 2009

Someone like you

CAMBIANDO DE AIRES

Solía tener un don. El don de encontrar las palabras y las acciones para amarte. Hacía uso de él algunas veces con más fuerza que otras, cuando la emoción en mis manos hacía que las apretara con tanta vehemencia que se marcaban pequeños surcos de uñas en mis palmas. Entonces, en un arrebato, tomaba un cuaderno y te escribía cosas que podría, o no, mostrarte, cuentos que no sabía si entenderías y que algún día pensaba transcribir para ti en un gran libro que leerías mientras yo durmiera. Entonces, irreflexivamente, salía a buscar la inspiración para el regalo perfecto, y regresaba con pinturas y hojas de colores para dibujarte, con portarretratos para envolverte, con invitaciones para cenar contigo y poder así recargar mi cabeza en tu hombro durante el camino de regreso a casa. Y esa era la forma apasionada en que vivía mis fantasías y veía brillar tus ojos.

Lo dejé llenarse de sed y secarse un poco, a este don. Giré mi vista hacia otro mundo lleno de aspiraciones inalcanzables, pero grabadas en mi cabeza con letras pesadas de culpa y egoísmo. Siempre pensé que podría volver la mirada después de un tiempo y encontrarnos a ti y a mí, de nuevo, en el umbral de esa puerta, conversando como si no hubiera mañana. Pero ocurrió que, cuando perdí de vista tus ojos, se acabó el brillo en los míos y olvidé cómo mirar la luz sin deslumbrarme. Y tal vez me llevé también algo del brillo de tus ojos.

No supe cómo, pero te encontré de nuevo (creo que no usé esta vez los ojos para hacerlo, sino el corazón, que conoce los latidos del tuyo y supo encontrarte en medio del ruido) y me aferré a ti con la misma vehemencia de mis manos. Te prometí seguirte a donde fueras, y mantuve cerrados los ojos en el camino, como buen rehén de tus sueños, para no saber cómo regresar sin ti. Planté de nuevo el don, en una maceta distinta, con tierra de otro país. Estoy tratando, con todas mis fuerzas, de hacerlo florecer de nuevo.

martes 31 de marzo de 2009

Whatever you conquer

-¿Qué vamos a hacer el día de hoy, Cerebro? - Lo mismo que hacemos todos los días, Pinky, tratar de conquistar al mundo.

Llega el punto irreflexivo o absurdamente reflexivo en que le encuentro significado a las cosas más llanas. Son eventos peligrosos, porque un día se pueden volver la frase de apertura de una conferencia o de un curso, la dinámica central de varios días encerrada en convenciones y entrenamientos. ¿No es así? Hoy serán estas dos frases el punto central de mi escrito.

¿Qué puedo conquistar hoy? Una cosa por conquistar a la vez. Empezaré con la más difícil. Intentaré conquistar a la bestia salvaje del ejercicio. Y veré si escribiendo la meta me comprometo más con ella (como prometen tantos libros de auto-ayuda, algunos más irrisorios que otros, por intentar ser libros de administración y gerencia).

Todas las mañanas iré a hacer una hora de ejercicio. Desayunaré cuando regrese y no me volveré a recostar sino hasta las 10 pm. Así va el plan. Nada de la siesta de tres horas que estoy tomando y que no me lleva a ninguna parte, más que a tener sueños a los que (otra vez) les encuentro significado y me confunden más.

A moverse señores pies. A enfrentar el miedo de lucir bien, el miedo a que sea mi apariencia lo único por lo que me juzguen (porque igualmente debo haber sido juzgada por eso, sólo que hasta ahora de manera negativa). Porque hoy, siento que no tengo otra cosa.

lunes 30 de marzo de 2009

It's a Moment of Purpose

The inescapable spirit of measuring has me looking for ways in which I can prove that time is not passing by without a purpose, so I seek the things that I value among those I do everyday. It is also a memory effort because, although I have only been here for a month, I have already started to forget some of the things that I have done here.

Could the best measure be the number and titles of books I have read? I could list Kundera's Life is Elsewhere, The Book of Laughter and Forgetting, and Identity. And I could add some of the ones that do not make me feel as proud (Luis Carlos Ugalde's Así lo Viví or Susan Nolen-Hoeksema's Women Who Think Too Much).

Could the measure be the entertainment moments watching movies or plays? Then, among the former, Psycho, The Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Across the Universe, He's Not That Into You, Watchmen, and Taken would come to my mind. Among the latter, A Night at the Movies at Belk Theater would be the only item.

I wonder again... Could a better measure be the number and names of dishes I have learned to cook? The list would include tomato meatballs, green sauce chicken cakes, cilantro sauce for roastbeef sandwiches, vegetable soup, cilantro soup, primavera soup, and tuna allioli.

As I make all lists, my minds starts judging whether they justify every day I have spent here. But my mind also judged me before I was here, and it also concluded that there was no true meaning in what I did.

Have I spent twenty-seven years without knowing the whole point of my existence?

Life is elswehere. Can I silence my mind?

miércoles 11 de marzo de 2009

Leave tonight or live and die this way

Ser astronauta.

Convencer a tu cabeza de que todo lo que conoce hoy, su universo conocido, no es lo único que existe. Llevarla, con argumentos soñadores, a creer que no va a morir si sale de la Tierra y que no estará sola. Que todos sus miedos están basados en una premisa falsa. Que toda su seguridad de tener los pies bien plantados en el piso en realidad no es seguridad y, en caso necesario, se puede reemplazar por un símbolo pequeño (quizá un crucifijo o un amuleto de la suerte) que se puede llevar al espacio.

Pero igual le da miedo. Es una cabeza que tiene mucho arraigo, años de arraigo en que se decía a sí misma que estaba en el mejor lugar, enlistaba las razones y respiraba segura por las noches. Incluso en los días malos, cuando dudaba, había un grupo de personas que le decían lo mismo: -En ese lugar estás protegida. -Ahí vas a estar bien. -No existe mejor lugar. Y esas palabras le hacían sentir un poco de culpa por la duda que había surgido en instantes.

El corazón le habla todavía. Le dice que no está contento. También lleva años hablando. Tantos que ya habla bajito, es casi imperceptible. Y como la cabeza no oía y cuando oía no escuchaba, el corazón le pidió ayuda a los demás órganos. Y empezó a revolverle el estómago (revolverlo más fuerte que la revoltura que causa el miedo de ir al espacio).

Seamos claros, al corazón también le da miedo. Porque el corazón, como caldero de la fe, también es el caldero del miedo. Le da miedo decepcionarse. Pero sabe que si no está contento, es porque existe algo mejor, y de ahí surge la fe.

Pasa mucho tiempo así. Y un día la cabeza decide, por fin (sí, fue una decisión) ser astronauta, empujada por el corazón palpitante.

Una vez convencida, ya de camino al espacio, va haciendo un recuento de las cosas que pudo llevar consigo y las que ya no posee, que al final no eran tan indispensables (la lista de las primeros sirve también como un nexo confortante hacia la vieja vida, que intenta no olvidar, y la de las segundos es una forma de demostrarse que es más fuerte e independiente).

Y ahora está en el espacio.